
Bondad
(Amabilidad, comprensión, compasión)
1. Por bondad (en latín bonitas, derivado de bonus, bueno) se entiende una inclinación a hacer el bien unida a cierta apacibilidad de carácter y buen temple. Es una actitud de amabilidad, afabilidad, dadivosidad, comprensión y compasión. La persona bondadosa hace el bien de manera acogedora, tranquila, serena, paciente. Crea, con ello, en su torno un ámbito de paz, que genera a su vez confianza.
2. La amabilidad (voz derivada del verbo latino amare, amar) es una actitud de acogimiento inspirada por el amor. El amor suscita respeto, en el sentido profundo de estima del valor que alberga cada persona sencillamente por serlo. Consideramos amable a la persona que se comporta amorosamente con las demás y es, por ello, digna de ser amada. Ese comportamiento implica un valor porque facilita el logro del ideal de la unidad. Supone una virtud en cuanto es adoptado por la persona y otorga a ésta una configuración ajustada a su vocación y misión. En efecto, la torna afable, afectuosa, complaciente. Es afable (voz derivada del verbo latino fari, hablar) la persona con la que es fácil hablar por ser accesible, sencilla, comunicativa. Denominamos complaciente (del latín placere, gustar) al que se esmera en dar gusto, en complacer. En la Edad Media, agradar se decía aplacer, de donde se deriva plácido y aplacible, término que luego derivó (por influjo de la palabra paz) en apacible, en sentido de tranquilo, suave, manso, agradable. Su contrario es desapacible, displicente.
3. La persona complaciente es dadivosa; tiende a dar y darse con facilidad, espontaneidad y desinterés. Por eso su primer gesto es benevolente, antes incluso de conocer a la persona que se le acerca. Va al encuentro y crea rápidamente una atmósfera de confianza, sin perder la distancia propia del respeto. Tal confianza respetuosa es el clima propicio para las confidencias. Su afabilidad invita a la comunicación. Es abierta —lo que implica una actitud generosa—, e invita a la apertura porque su modo de iniciar la relación viene inspirado por su tendencia confiada a ver el lado bueno de los demás. Esta postura optimista no responde a una comprobación previa de la bondad de cada uno; arranca de la convicción fundamental de que la vida de relación tiene un gran sentido y, consiguientemente, favorecer el encuentro encierra un altísimo valor. Con razón Tito, el emperador romano, consideraba perdido el día en que no había hecho alguna obra buena: «Amici, diem perdidi» (¡amigos, he perdido el día!). En aparente paradoja, la vida la gana el hombre cuando la entrega y la pone al servicio del bien de todos, no exclusivamente del propio. Es ésta un ley de la vida humana, no sólo un precepto de las morales altruistas. El ser humano es relacional, vive como persona y se desarrolla como tal creando relaciones de encuentro. De ahí que sólo estemos en paz con nosotros mismos y seamos felices cuando vamos configurando nuestra manera de ser de modo abierto, generoso, creador de vínculos estables y oblativos. Por esta razón de fondo, cultivar sentimientos de rencor u odio —que destruyen la unidad— nos desestabiliza psíquicamente. En cambio, el fomento amable de la unidad nos acerca al estado de felicidad —que responde siempre a una conciencia de plenitud—; nos sentimos realizados como personas. Esta realización se opera cuando creamos, entre nosotros y los demás, ámbitos de libertad, campos de intercambio confiado, de ayuda incondicional, de comprensión y, en casos, de compasión. En tales campos el ánimo se esponja porque se siente uno «en casa», arropado por el entorno, impulsado a desarrollarse a través del riesgo de la entrega a los demás. Tal clima de confianza nos mueve a acoger la vida y las llamadas de toda suerte de valores que nos instan a realizarlos comprometidamente. Este ámbito de acogimiento resulta cálido al hombre, ser que no está hecho para la soledad sino para unirse con otros en el servicio a grandes valores.
Fuente: el libro de los valores / Gustavo Villapalos